
Realmente son pocas las personas que acuden a su médico de cabecera o a un especialista por los ronquidos. A menudo se da poca importancia al problema, o incluso la persona que lo padece no se da cuenta de ello hasta que su pareja, molesta por los ronquidos, no le empuja a hacerlo.
Por lo general, se acude al médico principalmente para encontrar un tratamiento para los síntomas del trastorno: somnolencia diurna, cefaleas persistentes, falta de concentración, deambulación dificultosa, arritmias e hipertensión. Una vez informado de los malestares, el médico -para poder realizar en profundidad un diagnóstico- podría solicitar la colaboración de la pareja o de los familiares para conseguir información útil sobre el tipo de ronquido, su sonido e intermitencia, así como sobre los comportamientos extraños y los posibles cambios de humor del paciente.
Un factor que predispone a la roncopatía es sin duda la obesidad, ya que los depósitos adiposos en el cuello pesan en la orofaringe, favoreciendo las vibraciones de la campanilla. Mantener el peso dentro de la normalidad es, sin lugar a dudas, la precaución más sensata.
Existe además una relación directa entre el ronquido y la edad: después de los cuarenta años, el trastorno es más frecuente y se acentúa a medida que pasan los años. Pero hay otros factores que desencadenan la roncopatía, como los relacionados con anomalías o deformaciones de tipo fisiológico.
En resumen, las causas y los factores agravantes de la roncopatía pueden ser:
La edad: la progresiva relajación de los tejidos comporta una mayor incidencia de la roncopatía.
El sobrepeso: la grasa acumulada alrededor de las primeras vías respiratorias hace que el paso del aire sea todavía más estrecho.
Condiciones anatómicas particulares: paladar blando grueso, las amígdalas o las adenoides aumentadas de tamaño pueden reducir las vías respiratorias.
Morfología de la campanilla: la parte triangular de piel que cuelga del paladar blando puede reducir el flujo de aire y aumentar las vibraciones.
Dificultad respiratoria nasal: alergias, rinitis crónicas y tabique nasal desviado pueden limitar el flujo de aire a través de la nariz.
Consumo de alcohol y tranquilizantes: estas sustancias afectan al sistema nervioso central y provocan una relajación forzada y no natural de la musculatura, incluida la de la garganta.
Posición al dormir: la posición supina (boca arriba) hace que la campanilla y la lengua retrocedan, obstruyendo parcialmente el flujo de aire. |